Correr es de cobardes o Una mañana (de perros) en el Museo del Dique

14 Ene
“¿Por qué me meteré en este fregao en un día tan chungo? Si va a caer la mundial”

Eso pensaba yo al coger el autobus para el dique. Pero “correr es de cobardes”, así que p’alante. Por fin  nos lazábamos a hacer una actividad fuera del centro. La elección era buena para los dos bachilleratos, el de Ciencias Sociales y el Científico técnico: el Museo del Dique. Un recinto unido a la historia y al desarrollo industrial de la Bahía de Cádiz. El problema es que llovía… y bastante. Sin paraguas y con cámara de vídeo emprendimos esta actividad.

El Dique, la forma en que popularmente llamamos en Cádiz a los Astilleros, es un espacio que forma parte de nuestro paisaje natural, hemos crecido con él,  sus pórticos (junto con las torresde la luz)  son nuestras montañas en un espacio donde no hay elevaciones naturales. Adémás, desde un punto de vista sentimental todos estamos ligados directa o indirectamente a los astilleros: familiares, amigos o conocidos trabajan o han trabajado allí.

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Veintinueve valientes y tres profes (más un chofer) nos dividimos en dos grupillos para visitar unas instalaciones históricas que abarcan desde una capilla neorrománica, neobizantina o neo…lo que sea (lo que se suele llamar eclecticismo) hasta un dique de carena de casi doscientos metros.

La vida se adivina en el ruido de las máquinas que trabajan en la factoría contigua; en el recinto histórico todos son esqueletos y fantasmas: Antonio López y López nos contempla desde su pedestal, Claudio López Bru desde su retrato en el museo y alrededor esqueletos de grúas que un día ayudaron a dar vida a esos gigantes de acero de la Compañía Transatlántica. Al otro lado del dique otros tres fantamas: dos remolcadores y el antiguo vapor del dique, rescatado de su exilio en las Canarias.

El vapor del dique

El museo es verdaderamente interesante, posee una magnífica colección de más de medio millón de placas fotográficas de vidrio, algunas de las cuales, positivadas pueden contemplarse en las salas de exposición del edificio museístico. Siluetas de trabajadores, herramientas, maquetas, planos, semimodelos e incluso cañones y balas de los fuertes sobre los que se levanta este astillero se reaparten por algunas de las salas de exposición.

Traje de buzo

Parecía que la visita iba a ser demasiado rápida, la guía que acompañaba a mi grupo, bastante nerviosa por cierto, se aceleraba excesivamente en sus explicaciones y, lo siento chicos, tuve que interrumpirla e intervenir con explicaciones propias de los temas que estamos viendo o que habíamos visto poco atrás. Se trataba de hacer que la visita durase el tiempo acordado. Bueno, poco a poco,  las aguas se fueron amansando y la visita comenzó a encajar en el programa previsto. El edificio principal del museo se levanta sobre el antíguo edificio de bombas del dique de carena, conserva parte de su estructura original pero su interior trata de recordar a las estructuras navales: acero, remaches, madera…

Después de ver el museo nos dirigimos a la zona donde se levantaban la capilla, los comedores y las aulas de los aprendices. El concepto de industria que tenía Claudio López Bru, segundo marqués de Comillas, era paternalista, muy propio de su época. El trabajador tenía que vivir prácticamente dentro de la industria, sus hijos se formaban como aprendices dentro de la propia empresa y todos, absolutamente todos debían comulgar con la fe del patrón y para eso había que asistir a misa en la capilla del Dique. Frente a la misma se levanta el monumento al fundado de la empresa familiar Antonio López y López. Aquel joven que emigró de Santander a Cádiz y que se enriqueció en La Habana antes de fundar esta emrpesaimg_3365.

Como decía antes la única palabra válida para efinir esta capilla es ecléctica. Un extraño edificio religioso mezcla de diferentes estilos y en el que, contrariamente a la imagen de tremenda beaterío que tenemos de López Bru, se perciben símbolos masones por diferentes lugares, incluso en los postes de la verja que rodea a la capilla: escuadras y compases por todas partes y coronando el interior  de la capilla el ojo que todo lo ve de Dios… o del patrón.

La vista acababa, la lluvia no. El segundo grupo aun no había terminado en l museo, teníamos que esperarles y allí, en ese excéntrico templo nos refugiamos un rato, observados por Dios o el Patrón. Pocos minutos déspués llegaban hasta nosotros los valientes del segundo grupo Pedro Muriel, Eduardo Bueno y una bulliciosa mezcla de gente de 1º a y b de bachillerato, sin prisas pero sin pausa, y sin correr… que correres de cobardes.

Antes de concluir esta crónica de una mañana de perros en el Museo del Dique quiero dar las gracias a Jose María, Sara (¡recuerdos, compi!) y Cristina, del Museo del Dique. A mis compañeros Eduardo Bueno y Pedro Muriel y, por supuesto, a los veintinueve valientes que no dudaron en ir al dique a pesar de la lluvia. Nos veremos en la próxima.

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