Mi malo favorito, (es un decir)

24 Ene

 

 

 Mira que hay y ha habido gente mala, mala. Y voy yo y elijo a Fernando VII, un angelito comparado con alguno de los malos malísimos que vais a elegir vosotros. Pero es que este Borbón tiene su puntito de maldad. Ahora veremos por qué.

 

 

El rey felón, el "Deseado" Fernando VII

El rey felón, el "Deseado" Fernando VII

 

Fernando VII de Borbón (San Lorenzo de El Escorial, 14 de octubre de 1784 – Madrid, 29 de septiembre de 1833), llamado el Deseado, rey de España en 1808. Tras la expulsión del rey intruso José Bonaparte, reinó nuevamente desde 1813 hasta su muerte, exceptuando un breve intervalo en 1823, destituido por el Consejo de Regencia. Al igual que era conocido como el Deseado, también ha pasado a nuestra historia con el sobrenombre del rey Felón: el rey traidor.

Pocos reyes de España disfrutaron de tanta confianza y popularidad iniciales por parte del pueblo. Sin embargo, pronto se convirtió en uno de los que menos satisfizo los deseos de sus súbditos, que lo consideraban sin escrúpulos, vengativo y traicionero. Rodeado de una camarilla de aduladores, su política se orientó en buena medida a su propia supervivencia. La historiografía reciente ha ido remitiendo las críticas y los juicios negativos, aunque sigue siendo difícil encontrar algún estudio en que la figura del monarca no sea tratada de manera negativa.

Fernando de Borbón fue el noveno de los catorce hijos que tuvieron Carlos IV, y María Luisa de Parma. Fernando fue reconocido como príncipe de Asturias por las Cortes en 1789, apenas dos meses después de comenzar la Revolución en Francia. Ya desde muy joven, Fernando había conspirado en contra de sus padres los reyes y de Godoy, alentado por su preceptor Escóiquiz En torno al joven Príncipe de Asturias se había formado un núcleo opositor formado por miembros de la alta nobleza, llamados posteriormente “La Camarilla”, que perseguían la caída de Godoy.

Poco después, en marzo de 1808, ante la presencia de tropas francesas en España (dudosamente respaldadas por el Tratado de Fontainebleau), el pueblo, instigado por los partidarios de Fernando, asaltó el palacio de Godoy en Aranjuez. Carlos IV fue obligado a abdicar en favor de su hijo. Por primera vez en la historia de España, un rey era destronado por su propio hijo.

El depuesto rey y su esposa se pusieron bajo la protección de Napoleón y fueron custodiados por las tropas de Murat. Al mismo tiempo, Napoleón invitó al rey Fernando a reunirse con él en Bayona, a lo que el rey accedió con la esperanza de que el emperador le reconociese y respaldase como rey de España. Carlos IV afirmó que la renuncia al trono producida tras el motín de Aranjuez era nula y exigió la devolución de su trono. Napoleón le obligó a ceder sus derechos a cambio de asilo en Francia para él, su mujer y su favorito Godoy, así como una sustancial pensión (30 millones de reales anuales). Cuando llegaron a Bayona las noticias del levantamiento de Madrid (2 y 3 de mayo) y de su represión, Napoleón y Carlos IV presionaron a Fernando VII que reconociera a su padre como rey legítimo. A cambio de un castillo y de una pensión anual de cuatro millones de reales, aceptó, el 6 de mayo de 1808, ignorando que su padre ya había renunciado en favor de Bonaparte, por tanto, los derechos a la corona de España, recayeron en Napoleón, los cuales fueron otorgados a su hermano José, que reinaría en España como José I Bonaparte. Todo este complicado acto de traspasos de la corona española se conoce como Abdicaciones de Bayona.

Napoleón ni siquiera se molestó en cumplir su acuerdo e internó a Fernando junto con su hermano Carlos María Isidro y su tío Antonio Pascual, en el castillo de Valençay, allí permanecería hasta el final de la Guerra de la Independencia. En su encierro, el Rey y su hermano recibían clases de baile y música, salían a montar o a pescar y organizaban bailes y cenas. Disponían de una buena biblioteca, pero el infante don Antonio Pascual puso todos los impedimentos posibles para que no leyeran libros franceses que pudieran ejercer una mala influencia sobre sus jóvenes sobrinos. La marcha de Talleyrand y la negativa de Bonaparte a sufragar sus gastos, hicieron que su tren de vida fuera cada vez más austero. Fernando pretendió unir sus intereses a los de Bonaparte, y mantuvo una correspondencia servil con el corso. Su humillación servil le llegó al punto de organizar una fastuosa fiesta con brindis, banquete, concierto, iluminación especial y un solemne Te Deum con ocasión de la boda de Bonaparte con María Luisa de Austria en 1810. Cuando el corso reprodujo la correspondencia que le enviaba Fernando en Le Moniteur, para que todos, en especial los españoles, vieran su actuación, éste se apresuró a agradecer con desvergüenza a su Emperador que hubiese hecho público de tal modo el amor que le profesaba. Su “cautiverio” sirvió para crear en los españoles la imagen mítica del Deseado, víctima inocente de la tiranía napoleónica. Las Cortes de Cádiz, no cuestionaron en ningún momento la persona del monarca y lo declararon como único y legítimo rey de la Nación española.

El regreso de El Deseado

A partir de 1812, Fernando, al ver que por fin la estrella de Bonaparte empezaba a declinar, se negó arrogantemente a tratar con el gobernante de Francia sin el consentimiento de la nación española y la Regencia. Pero temiendo una revolución en España, se avino a negociar. Por el Tratado de Valençay del 11 de diciembre de 1813, Napoleón reconoció a Fernando VII como Rey, recuperando así su trono; a cambio acordaba la paz con Francia, el desalojo de los británicos y su neutralidad en lo que quedaba de guerra. También acordó el perdón de los partidarios de José I, los afrancesados.

Fernando VII fue liberado y regresó a España el 14 de marzo de 1814. El rey se negó a seguir el camino marcado por la Regencia y entró en Valencia el 16 de abril. Allí le esperaban un representante de la Regencia con el texto de la Constitución y un diputado absolutista con un manifiesto absolutista firmado por 69 diputados, el llamado Manifiesto de los Persas, rechazando las Cortes liberales. El 17 de abril, el general Elío puso sus tropas a disposición del monarca y realizando el que es probablemente el primer pronunciamiento de la historia de España. El 4 de mayo de 1814, Fernando VII promulgó un decreto que restablecía la Monarquía absoluta y declaraba nulo y sin efecto alguno toda la obra de las Cortes de Cádiz (… [eran] aquella Constitución y aquellos decretos nulos y de ningún valor ni efecto, ahora ni en tiempo alguno, como si no hubiesen pasado jamás tales actos y se quitasen de en medio del tiempo). Qué triste resulta ver una prosa tan bella para ser empleada con unos fines tan negativos.

El entusiasmo popular ante el retorno del Deseado fue inmenso. El régimen constitucional no fue capaz de oponer resistencia, y las Cortes fueron disueltas. Durante la primera etapa del reinado, entre 1814 y 1820, el rey restableció el absolutismo. La inestabilidad del gobierno fue constante, y los fracasos a la hora de resolver adecuadamente los problemas determinaron los continuos cambios ministeriales. Fue un periodo de persecución de los liberales, los cuales, apoyados por el Ejército, la burguesía y organizaciones secretas como la Masonería, intentaron sublevarse varias veces para restablecer la Constitución. Por otra parte, a pesar de que Fernando VII había prometido respetar a los afrancesados, nada más llegar procedió a desterrar a todos aquellos que habían ocupado cargos de cualquier tipo en la administración de José I. Ese período fue un retorno de lleno al Antiguo Régimen, al absolutismo más feroz.

A partir de 1820, durante el Trienio Liberal, se propusieron medidas en contra del absolutismo y se suprimen la Inquisición y los señoríos. Sin embargo, aunque el rey aparentaba acatar el régimen constitucional, conspiraba secretamente para restablecer el absolutismo. Finalmente, la intervención del ejército francés de los Cien Mil Hijos de San Luis, bajo los auspicios de la Santa Alianza, restableció la monarquía absoluta en España (octubre de 1823). Se eliminaron todos los cambios del Trienio liberal; con la única excepción de la supresión de la Inquisición. Se inició así su última época de reinado, la llamada Década Ominosa (1823-1833), en la que se produjo una durísima represión de los elementos liberales, acompañada del cierre de periódicos y universidades al tiempo que se registraron levantamientos absolutistas instigados por el clero y por los partidarios del infante Carlos María Isidro, hermano de Fernando, que se perfilaba como sucesor. Al tiempo, se consumó la práctica desaparición del imperio español. En un proceso paralelo al de la Península tras la invasión francesa, la mayor parte de los territorios americanos (con la excepción de Cuba y Puerto Rico) declararon su independencia, en ese período la monarquía se empeño en una cerril guerra de reconquista del territorio americano en contra de la política de contención que le sugerían diferentes altos cargos de la Armada y de la Secretaría de Estado.

El 31 de marzo de 1830 Fernando promulgó la Pragmática Sanción, la cual establecía que si el rey no tenía heredero varón, heredaría la hija mayor. Esto excluía al infante Don Carlos María Isidro de la sucesión. De esta forma, su hija Isabel (la futura Isabel II), nacida poco después, se veía reconocida como heredera de la corona, con gran disgusto de los partidarios de don Carlos, el hermano del rey.

En 1832, hallándose el rey enfermo de gravedad en La Granja, cortesanos partidarios del infante consiguieron que Fernando VII firmara un Decreto derogando la Pragmática. Con la mejoría de salud del Rey, el Gobierno de Francisco Cea Bermúdez, la puso de nuevo en vigor. Tras ello, Don Carlos marchó a Portugal. Entre tanto, María Cristina, nombrada regente durante la grave enfermedad del rey (la heredera Isabel apenas tenía tres años en ese momento), inició un acercamiento hacia los liberales y concedió una amplia amnistía para los liberales exiliados, prefigurando el viraje político hacia el liberalismo que se produciría a la muerte del rey. Fernando murió en 1833. El infante don Carlos, junto a otros realistas que consideraban que el legítimo heredero era el hermano del rey y no su hija primogénita, se sublevaron y empezó la Primera Guerra Carlista. Con ello hizo su aparición el carlismo.

       ¿Era malo o no? Quizás no fuese un asesino en serie como Hitler, Stalin o Pol Pot; ni tampoco era un tonto útil como Bush; sencillamente era traicionero, rencoroso, egoísta, veleidoso y, sobre todo, muy negativo y pernicioso para su nación. ¿Os parece poco? A mí me sobra. Pensad por un momento que ha pasado a la Historia con el sobrenombre del Rey Felón y que, hoy día, el apelativo cariñoso de el Deseado que le dio el pueblo entonces se utiliza con una gran carga irónica.

Me ha salido largo, ya lo se, pero ese es un privilegio del profesor que, por cierto, es quien administra este blog. Besos y abrazos.

3 comentarios to “Mi malo favorito, (es un decir)”

  1. anabel villanueva 11/02/2009 a 5:10 pm #

    feliciano buscando informacion sobre los malos de la historia e encontrado un video sobre crimenes de guerra me gustaria que lo vieras hay te pongo la direccion de la pagina,
    http://www.portalplanetasedna.com.ar/pol_pot.htm

  2. diegobarnes 11/02/2009 a 6:06 pm #

    Vale Anabel, por cierto que en esa página tienes mucha información para construir tu perfil de un malo interesante. Antes de que se me olvide: se escribe “he” encontrado.

  3. Lluís 27/03/2010 a 5:48 pm #

    Yo diría que fue más bien un tonto inútil, que es peor aún. De todas formas sabemos muy poco de la vida cotidiana y del verdadero entorno cortesano tanto de Fernando como de su padre Carlos.

    Pasaba por aquí buscando información sobre el Infante don Antonio Pascual (otro del que se sabe muy poco).

    Un saludo

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