Del refectorio a la tabaquería

26 Dic

En los monasterios existe una estancia bastante importante: el Refectorio. Así se denomina al comedor, generalmente situado en la galería opuesta a la iglesia. Suele ser rectangular, y allí, en bancos alineados y ubicados según su rango dentro del orden interno del monasterio, los monjes (o monjas) se sientan a comer en silencio, un silencio sólo roto por las lecturas. Este acto está regulado en la Regla de San Benito de Nursia:

En la mesa de los hermanos no debe faltar la lectura. Pero no debe leer allí el que de buenas a primeras toma el libro, sino que el lector de toda la semana ha de comenzar su oficio el domingo. Después de la misa y comunión, el que entra en función pida a todos que oren por él, para que Dios aparte de él el espíritu de vanidad. Y digan todos tres veces en el oratorio este verso que comenzará el lector: “Señor, ábreme los labios, y mi boca anunciará tus alabanzas”.

En este cuadro podemos ver al lector en la esquina superior derecha de la imagen. Felipe Gil de Mena, San Francisco y Santo Domingo en el refectorio, (segunda mitad del XVII)

En este cuadro podemos ver al lector en la esquina superior derecha de la imagen. Felipe Gil de Mena, San Francisco y Santo Domingo en el refectorio, (segunda mitad del XVII)

En el siglo XIX se introdujo en las tabaquerías cubanas la costumbre de leer en voz alta textos de todo tipo para amenizar las largas jornadas laborales de los trabajadores,  parece ser que  esta idea fue originaria de un escritor español, ajeno a la industria del tabaco, Jacinto de Salas y Quiroga (pionero del romanticismo español). Este llegó a la isla en los últimos días del mes de noviembre del año 1839. Meses después, Salas y Quiroga publicó un libro, donde relató sus impresiones de aquel viaje. refiriéndose a lo que observó en un cafetal cubano expresó:

“en ese cafetal tuve ocasión, más que en ninguna otra parte de la Isla, de lamentar el estado de completa ignorancia en que se tiene el esclavo. […] Entonces se me ocurrió a mí que nada más fácil habría que emplear aquellas horas en ventaja de la educación moral de aquellos infelices seres. El mismo que sin cesar los vigila podría leer en voz alta algún libro compuesto al efecto y al mismo tiempo que templase el fastidio de aquellos desgraciados, les instruiría de alguna cosa que aliviase su miseria[…] (fuente Ecured.cu)

Más tarde, el intelectual y político cubano Nicolás Azcárateen la segunda mitad del XIX, inspirado en las lecturas que se les realizaban a los presos en dos galeras del Arsenal de La Habana, donde el lector leía media hora todas las tardes algún libro cívico fomentó su extensión a las galeras donde se elaboraba el torcido de los cigarros, esto se debía sobre todo a que la mayoría de los reclusos eran cigarreros que seguían en ese oficio y recibían a cambio determinada suma, parte de la cual se destinaba a remunerar la labor del lector y adquirir las obras que habían de leerse.

Lector de tabaquería, fotografía de autor desconocido, finales del siglo XIX

Lector de tabaquería, fotografía de autor desconocido, finales del siglo XIX

Esta acción o costumbre ha ido perpetuándose a lo largo de las décadas y de los diferentes cambios régimen político en Cuba, algo en lo que han tenido mucho que ver estas lecturas de tabaquería. Esas lecturas se convirtieron en un canal de información para la sociedad y los trabajadores cubanos, durante la época de la colonia se alternaban los tratados de Historia de España con las ideas liberales y la propaganda anarquista, cediendo poco a poco espacio a las ideas separatistas, al discurso de José Martí.

Lector de tabaquería leyendo el Granma

Lector de tabaquería leyendo el Granma

La lectura se ha mantenido, como digo, por encima de los tiempos y de los regímenes políticos: la colonia, la dictadura de Batista y la Cuba revolucionaria y castrista han mantenido este hábito regulado y organizado, como el de las lecturas de los refectorios, en el que se leen tanto las noticias más banales como las más sesudas, los horóscopos de la prensa diaria como la más intensa de las novelas. Ahora, en tiempos en que la lectura está abandonando el papel impreso para adoptar otros soportes más etéreos el gobierno cubano pide a la UNESCO que incluya esta tradición en su Lista de Patrimonio Intangible de la Humanidad. Bienvenida sea esta petición y que la UNESCO la acepte pronto.

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